Concurso San Valentín 2019: Relato finalista 1

972

Escritor por:

VICTORIA

Esa semana no era la más proclive para conocer a nadie, no en vano, no había descansado bien debido a un colchón que ya había logrado alcanzar la mayoría de edad. Yo, que siempre me jactaba de ser una persona amable, educada y correcta y por qué no decirlo, un tipo simpático, esa semana lo que derrochaba era hiel por todos mis poros. Ese colchón sacaba lo peor de mí.
Era por ello, por lo que decidí aislarme de la sociedad, ponerme mis cascos y salir a trotar un rato, quizás así llegara a la cama más derrotado y podría dormir mejor. Así que me atavié para la ocasión, como mandan los cánones, y allá que me lancé. Empecé a correr por el borde del río, esa mezcla de humedad y olor a vegetación de invierno siempre me daba buenas sensaciones. Además, estaba solo, podía cantar la canción que sonara sin preocuparme de molestar a nadie, o concentrarme en mis pisadas o mi respiración tanto como quisiera.
Por primera vez en una temporada me encontraba bien. Me daba igual lo que pasara a mi alrededor y mucho más los problemas del trabajo, el jefe, o ese mal café que me habían puesto esa misma tarde.
No llevaría más de un par de kilómetros cuando me percaté de que tenía alguien detrás y que encima, notaba por sus pisadas, que iba con mejor ritmo. Normalmente lo hubiera dejado pasar y como mucho levantar un brazo en señal de camaradería seguido de un sonido gutural varonil que dejara entrever una complicidad entre iguales. Pero ese día no. No podía permitir perder esa parcelita de bienestar que había logrado. Yo, que no era orgulloso en absoluto y sabía de mis límites en cada faceta de mi vida, me comporté como lo que nunca había sido y apreté el paso ostensiblemente. Sin duda, así lo dejaría atrás y podría continuar mi marcha tranquilamente yo solo.
Pero como podéis imaginar, esa no era mi semana y ni eso me podía salir bien. Un par de minutos después, allí lo tenía de nuevo, siguiéndome, como le sigue el martes al lunes, así que saqué fuerzas de orgullo, (eso que había oído tantas veces y nunca hasta ese momento había llegado a comprender), y apreté más. Estaba seguro que esa batalla la iba a ganar, ya no por recuperar mi momento de paz, que sin duda merecía, sino por el sentimiento más visceral de victoria que se podía tener. Era mi carrera, yo contra esa funesta semana.
Mis piernas volaban, estaba a tope, mi respiración controlada, este no me iba durar, la victoria sería mía. Estaba tan concentrado en la carrera que ni me había dado cuenta que me había pasado de mi itinerario habitual. Pero no podía parar y menos sin cerciorarme de que efectivamente lo había dejado atrás, así que me di un par de minutos para asegurarme de que había ganado el duelo. Era tal el convencimiento de mi proeza que ya había empezado a imaginar lo que pensaría este susodicho; que si vaya con el tipo este lo fuerte que está; yo a este tío no lo puedo seguir, etc. Vanidades de uno mismo, ya ves. Y con cada pensamiento mi cara tornaba a un rictus más de vencedor. Había logrado que algo me saliera bien por fin esa semana y eso no era baladí.
Y sin embargo, todo lo que había logrado, todo lo que por derecho me pertenecía, tornó con una rapidez violenta al notar de nuevo su presencia tras de mí. Ahora sí que estaba acabado, no había sido capaz de dejar atrás todos mis peores pensamientos. Me sentí tan pardillo por el simple hecho de pensar que algo me iba a salir bien. Y lo peor era que, lo que hacía instantes era como si flotase, como si levitase, ahora era como tener plomo en las piernas. El corazón que hacía momentos lo sentía latir con la precisión de un motor alemán, ahora se me desbocaba del pecho hasta el punto de saborearlo en mi propia garganta.
Si pensáis que ya había tocado fondo, nada más lejos. Podía haberme parado sin más y haber conservado ese mínimo de honor que me quedaba, pero el destino es caprichoso, y conmigo se iba a ensañar. Las piernas habían dicho basta y en ese preciso momento noté un bocado en el muslo (expresión que había oído muchas veces pero nunca experimentado) y perdí súbitamente la vertical, vamos, que me la pegué.
En todo ese tiempo pude girar la cabeza un sinfín de ocasiones pero nunca lo hice y fue en ese preciso momento cuando vi la cara de mi incansable perseguidor y resultó que poco o nada tenía que ver con la imagen que me había forjado de él, o mejor dicho, de ella. Ella, como es normal, al ver tal magno espectáculo se paró preocupándose por mi estado pero a mí ya se me habían pasado los dolores. Solo deseaba alargar ese momento para conocerla un poco más y si cabe poder invitarla a tomar un café. De pronto, una oportunidad:
-¿Quieres que vayamos al hospital?
Dijo ella, a lo que yo respondí con un firme pero en tono desinteresado:
-Si no te importa…
De camino al hospital la conversación fue fluyendo poco a poco y como si el destino quisiera darme una lección, cuando nos presentamos formalmente resultó llamarse Viqui, es decir Victoria. En ese momento sollocé levantando una cara de circunstancia en ella a la cual no respondí por motivos obvios, eso se quedaba para mí y para mis patéticos pensamientos.
Ya en el hospital, al poner la fecha en la hoja de ingreso me di cuenta de que era catorce de febrero y que estaba celebrando San Valentín si bien de una forma un tanto rocambolesca pero celebrando al fin y al cabo.
Como imaginaréis, hubieron más citas después, incluso algún que otro San Valentín más pero como aquella noche en la sala de espera del hospital ninguno.
FIN

 

Autor: Fernando Conesa

Última modificación: 22/02/2019

Los comentarios estan bloqueados