Marta, tienes que comprarte el colchón Memory Grey (relato erótico)

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Lo que voy a contaros no es una situación idílica o una historia de pasión entre los protagonistas de una película romántica. Es mi historia, la de una mujer normal, ya bien entrada en los 40 y recientemente, divorciada. Con un par de hijos repartidos por el mundo (uno en Granada y la otra, en Berlín) y una casa grande, muy grande, llena de recuerdos y de muebles que me recuerdan a la patética vida, que acabé llevando con mi ex.

Al principio, no era así. Ni mi vida, ni yo, ni mi ex-marido. Qué raro suena decirlo, mi EX-MARIDO. Ese que fue el amor de mi vida y que ahora me es totalmente desconocido. Carlos, el padre de mis hijos y mi compañero de vida desde los 20 años. Casi nada. 23 años de matrimonio, que han ido extinguiéndose. Lo sigo queriendo, no sé si a él, o a lo que fuimos. Los expertos dicen que no nos enamoramos tanto de la persona, sino de lo que nos hace sentir cuando estamos con ella. Así de egoístas somos, ¿no?

Bueno, al grano. Como os he dicho, estoy sola en mi casa. Una casa grande (enorme para mi gusto) llena de objetos y rincones que me recuerdan a mi ex.  No, no es malo que la casa te recuerde a alguien. Lo que es malo es no saber qué hacer con todos esos recuerdos. Hazte a la idea, Marta, no va a volver y tus hijos, me da a mi, que tampoco. Jorge se ha echado novia y Carla, igual vuelve algún día, pero no creo que quiera estar en casa mucho tiempo.

Entonces, he decidido redecorar mi casa a mi gusto y darle un aire más moderno y fresco. He empezado mi proyecto de reforma esta misma semana. He tirado trastos inservibles, he arrancado el papel de las paredes y me he sentado delante del ordenador para buscar algunos muebles online. Que estoy ociosa y necesito cambios en mi vida, pero no estoy parada. Trabajo 8 horas al día en la recepción de la consulta de un obstetra y no tengo demasiado tiempo de ponerme a mirar muebles en las tiendas de mi barrio o en las de las grandes superficies. Me niego a pasar una mañana de sábado entera buscando un mueble, una lámpara o unas fundas para el sofá. Mira, lo siento, no me va ese rollo.

Así es como entré en una tienda online de sofás, colchones y demás, y encontré algo insólito que no podía perderme: el colchón Memory Grey. ¡Atentos! Un colchón viscoelástico que favorece el descanso y la práctica del sexo, y que lleva el nombre del apuesto adán de las novelas de E.L. James. Muy propio, sí. ¿Acaso no todos sirven para dormir y retozar con tu pareja de vez en cuando? Bueno, me hizo gracia y compré uno para mi cama de matrimonio. Como os he dicho, estoy dispuesta a renovar todo lo que me recuerde a mi ex. Y el colchón, aún más. No duele, es raro y no duermo a gusto.

Aquí es donde se pone interesante la historia. Días después recibí una llamada de las chicas de atención al cliente de la tienda, avisándome que el colchón me llegaría esa misma tarde. Alucina, colchón con entrega rápida y especialmente indicado para adaptarse a tu postura mientras te dedicas a dormir o a pasar un rato divertido entre las sábanas. Fantástico y para mi sola. O no. ¿Por qué tendría que disfrutarlo siempre sola? Esto era una señal. Se abría la veda para invitar a algún madurito interesante a casa. Pero, ¿cómo se hace eso? ¡Si ya no sé ligar, por dios! Horas más tarde, mientras leía un libro sentada en la terraza, llaman al timbre y una voz juvenil y ligeramente desgarbada, pregunta por Marta Gisbert. Abro, le hago subir y al poco, aparece un chaval que podría tener la edad de mi hijo, pero con más barba y un pendiente en la oreja. No se que me pasó, si mis recién reestrenadas hormonas, la emoción o el calor, pero os juro que me lo comí con la mirada. También, debe ser que siempre me han llamado la atención los hombres vestidos de uniforme.

Lo hice entrar en casa, tratando de disimular mis calores y mi tontería adolescente, y mientras desempaquetaba el colchón y me lo llevaba al dormitorio, le serví un vaso de agua fresca. El pobre llegaba sudado y no quería que se me desmayara en casa. Me tomé uno yo también y fui a llevárselo a la habitación. Os sonará a topicazo, pero le ví un aire al obrero que salía en el anuncio de la Coca Cola Light, que ponían en la tele en los 90. Ya os podéis imaginar el panorama (y mi cara de tonta). Le dí el vaso de agua fría, mientras trataba de enfriarme yo también. Le ayudé a colocar el colchón y me dispuse a sacar de unos cajones de la cómoda una pequeña propina para el chaval. Cual fue mi sorpresa, cuando de repente me tocó la mano, tratando de que pareciera accidental. Pero no, no lo fue. Para nada.

Me giré y le ví frente a mi, de cerca. Era insultantemente joven y guapo. Tenía unos rasgos perfectos y unos ojos almendrados de un indescriptible, verde ambarino, que me miraban como si fuese una tarta de chocolate y deseara terminársela, repetir y después chuparse los dedos. Tal cual. Sus ojos tenían un brillo animal y unas intenciones, que no me esperaba y que creo que me excitaron aún más de lo que ya estaba. Y sí, ya sabéis lo que viene después. Me agarró de los brazos y me besó. Pero no fue un beso tierno y suave, como el que te pueden dar antes de ir a dormir. Esto era otra cosa. Algo apasionado, desenfrenado y torpe, mucho. Muy torpe y atropellado. Nos mirábamos. Reíamos. Sonreíamos con picardía y reíamos tímidamente, como el niño que sabe que está haciendo una trastada, pero le divierte. Las consecuencias ya vendrán luego.

Por un momento pensé, ¿qué narices estás haciendo, Marta? Un destello de incertidumbre intentó arrojar un poco de cordura en mi mente, mientras mi yogurín se quitaba la camiseta y estiraba de la cinturilla de mi pantalón hacia él. Un halo de irrealidad nublaba toda aquella escena, pero ¡qué diablos! Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien, ni me sentía tan viva. A veces me asaltan los remordimientos, pero luego se me pasa. Por lo menos a mi, a mi nueva yo. Se me pasó en la fracción de segundo que tardé en estar a medio centímetro de su cuerpo, con la cara escondida en el hueco de su cuello. Su olor… Mi mano acariciándole el pelo y la espalda, mientras sus manos se abrían paso bajo mi blusa. Me susurró algo al oído y me giró de nuevo hacia la cómoda y nos ví frente al espejo. No me conocía. Sus manos recorrían mi vientre hacia abajo muy suavemente, abrían el botón de mis pantalones y deslizaban más allá de mi ropa interior. Inconscientemente, cerré los ojos y se me escapó un gemido. Un gemido que terminó por despertarme.

Me había quedado dormida en el sofá, mientras buscaba un nuevo colchón para mi cama de matrimonio. Parecía tan real… Marta, cariño, estas cosas, normalmente, no pasan. Anda, vete a la ducha y refréscate.

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* Este relato es totalmente ficcional y los nombres que aparecen son inventados. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Última modificación: 27/06/2017

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