Marta, ¡Tus hijos ya están aquí!

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¡Ya ha pasado todo! Mis hijos ya están aquí, ha pasado la temida comida familiar y he vuelto a quedar con Samuel. Sí, han pasado otras muchas cosas más, pero os las cuento con calma. Empecemos por el principio. Mis hijos llegaron el viernes por la tarde, acompañados de sus respectivas parejas y quedamos para tomar algo, cerca de la estación de cercanías. Como cada uno llegaba desde un punto, pensamos que lo mejor sería esperar a Carla en la estación. Cuando llegué a la cafetería, estaban todos allí esperándome. Había pillado tráfico y llegaba 10 minutos tarde. Al llegar, vi a Jorge, a Laura, a Carla y a otra chica que no conocía.

Jorge me presentó a Laura y por fin, la pude conocer en persona y Carla, hizo lo propio con la chica que la acompañaba. Así fue como mi hija me presentó a Erika, su novia desde hacía 5 meses. Aunque sólo entendía cuatro palabras contadas en español, Erika esbozó una amplia sonrisa y se acercó a darme dos besos, mientras intentó decir un ‘encantada’. Después, descubriría que sabía hablar inglés y francés. Una magnífica noticia, porque al menos podría intentar entenderla, si me hablaba en francés. Ambas eran guapísimas, parecían buenas chicas y me gustaba como miraban a mis hijos. Había amor y complicidad entre ellos y eso, me llenaba de tranquilidad y confianza, en que mis niños estaban rodeados de buenas personas. Luego vi a Chispa, el perrito adorable que traían Jorge y Laura desde Granada. Ya conocía a los tres nuevos miembros de la familia y estaba encantada.

Tras el café, fuimos todos a casa a dejar las maletas y salimos a cenar a uno de los restaurantes del centro. Fue entonces, una vez pasado el postre, mientras tomábamos una copa cuando les hablé de Samuel y de nuestra incipiente relación. Jorge hizo bromas al respecto y Carla se alegró muchísimo de la noticia, porque era su profe favorito en el colegio y porque quería que rehiciera mi vida. De camino a casa, íbamos hablando de ello, cuando recibí un mensaje de Samuel, invitándome a cenar a su casa y a ver una peli juntos, y dándome las buenas noches. Le contesté rápidamente para seguir hablando con Carla y Erika de cómo se conocieron y qué tal vivían en Berlín. Levanté la vista y ahí los ví, sentados en una terraza tomando una copa con amigos: a mi ex y a su novia. Confirmado, era la misma que vi aquella noche y la misma, que volvería a ver hoy y el domingo durante la comida familiar.

Marta, a ver como sales de esta situación tan incómoda. Fácil. Me quedé con el perro, mientras mis hijos y sus chicas se acercaban a saludar. Me quedé a unos metros, saqué el móvil e hice que hablaba con alguien, mientras saludaba desde la distancia. Pensaréis, muy madura, Marta. Pero es lo único que se me ocurrió en este momento, cuando los ví, rodeados de los que también fueron mis amigos y de sus mujeres, con las que tantas veces había salido de compras, a correr o a tomar un café. La situación me pareció tan rara, que no me apetecía, en absoluto, fingir que todo iba bien.

Cuando acabaron de saludar, se unieron a mi y me contaron, que habían quedado con su padre y Marina, su novia, mañana para cenar, para que pudieran conocer a las chicas y charlar después de tanto tiempo, igual que había hecho yo hoy. Era lo justo.

Al día siguiente, comimos un arroz en casa y los chicos se marcharon a dar un paseo por la ciudad, para enseñárselo a las chicas y quedar con unos amigos del instituto. Mientras, salí a hacer unas compras y llamé a Samuel por si necesitaba que llevara algo a la cena. No me contestó la llamada, pero sí me escribió un mensaje, con unas palabras que, me parece, que no se hubiera atrevido a decir por teléfono. No os lo contaré, pero me resultó muy divertido y ligeramente picante, teniendo en cuenta que aún no había pasado nada entre nosotros. Creo que ese mensaje era una promesa, cargada de intención. Lo que me había dejado claro es que quería algo con chocolate y unas fresas. Se le habían acabado y no podía salir, porque estaba preparando la cena.

En primer lugar, nunca antes ningún hombre (que no fuera el chef de un restaurante) había cocinado para mí y me había enviado ese tipo de mensajes. No eran los mensajes de amor infantil que me enviaba el yogurín para quedar, o mi ex-marido cuando aún estaba interesado en mí. Estos eran divertidos, picantes y con un trasfondo brillante, que conseguía agudizar mis sentidos y sonrojarme como una quinceañera tontorrona.

Dejé mis bolsas en casa, me puse una blusa un poco más escotada, avise a mis hijos del adelanto de la hora y les dejé otra copia de las llaves en la entrada, a parte de las que ya tenía Jorge. Cogí el coche y seguí las indicaciones que me mandó Samuel al móvil. Su casa estaba sólo a 10 minutos de la mía. Me esperaba con el delantal puesto, una sonrisa enorme y atrevida, y una copa de vino.

Estaba dispuesto a mimarme y hacerme sentir como una reina e iba bien encaminado. Cenamos el guisado que había preparado para mi y después sacó el postre: una crema exquisita, acompañada con las fresas y el chocolate puro que había traído. Aún no había acabado el último trozo de fresa, cuando se acercó y empezó a besarme. No podíamos esperar. La noche se caldeó más rápido de lo que pensaba. Me tomó de la mano y me acercó hacia él, mientras me anunciaba que tenía una sorpresa reservada para mí y que le estaba costando contenerse. Lo que pasó después es historia, caricias, besos, y un tipo de amor, que no había sentido hasta entonces. Pasamos la noche juntos y al día siguiente, salimos a desayunar.

Me fui a casa a ducharme y a cambiarme de ropa antes de la comida familiar, y por supuesto, a recoger a los chicos. De ahí, nos fuimos al restaurante y nos encontramos todos allí. Si queréis que os sea sincera, la comida familiar fue mejor de lo que esperaba, aunque no dejó de ser incómoda. Intenté que fuera breve con la excusa de que había quedado y mis hijos se quedaron un rato más. Más tarde, esa noche me contaron que su padre se iba a casar con Marina en un año.

Por lo pronto, mis hijos siguen aquí y tengo la casa más concurrida y animada que nunca. Se marchan en unos días. Por una parte, necesito tener ratos para mi sola, pero lo cierto es que los adoro y no me había dado cuenta de lo mucho que los echaba de menos, hasta que han vuelto a casa. Por cierto, les encanta como he redecorado la casa. Dicen que el cambio de aires me ha sentado de maravilla y que se me ve diferente. Tienen toda la razón. Aunque todavía me queda mucho por hacer y por cambiar, el cambio me ha sentado mejor aún de lo que piensan.

Última modificación: 20/07/2017

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