¡Marta tiene una cita!

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¡He quedado para tomar un café con un hombre este fin de semana! ¡Aún no me lo creo! No es un yogurín, es un hombre hecho y derecho, que incluso me saca un par de años. Pelo entrecano, manos fuertes y sonrisa encantadora. Ay, Marta, ¡no te enamores tan rápido! Lo acabas de conocer, no, mejor, lo acabas de reconocer. ¿Reconocer? Sí, quizás, debería decir que se trata de un reencuentro muy afortunado. Luego os lo cuento, prefiero dejar lo más emocionante para el final. Primero, quiero compartir con vosotros una preocupación, que lleva asaltándome desde hace unos días.

Como os dije, mis hijos me visitan en un par de semanas y estoy en pleno proceso de redecoración de la casa. Tengo ya el colchón nuevo y el sofá chaise longue, pero aún me falta comprar un par de alfombras y ropa de cama para todas las habitaciones, sobre todo para la de mis dos hijos, que vendrán de visita con sus parejas. Menos mal, que en su día, me dio por comprarles cama nido, por si venían amigos a dormir, porque sino a ver, ahora dónde los metía yo. Desde luego en una cama de 90, no caben dos personas, y menos, en la de mi hijo. Marta, se te han hecho mayores, casi sin darte cuenta y ahora te traen a los novios a casa a dormir. En fin, espero que sean buena gente y traten bien a mis hijos. No pido más.

Lo que os decía, como estoy redecorando un poco la casa y poniéndola a mi gusto, me he hecho una cuenta en Pinterest, por recomendación de mi hermana y me lo estoy pasando genial, creando mis tableros, guardándome pines y buscando ideas, que me ayuden a darle un toque más actual y fresquito a esta casa tan enorme, oscura y ligeramente, anticuada. No me gusta nada ir de tiendas, por lo que pasarme mi día libre, recorriendo los interminables pasillos de una gran superficie en busca de complementos y muebles básicos, pues como que no es lo mío. Por eso, estoy buscando online todos los complementos que necesito, me hago listas con lo que me gusta y luego, las voy comprando, aquí y allá.

También, tengo que comprar una camita de perro para ponerla en un rincón de la cocina o del salón, porque mi hijo llamó el otro día y me dijo que tenían que traerse al perro, porque nadie se podía quedar con él. Ale, uno más en casa. De estar sola, a tener casa llena en cuestión de unas horas. Espero que Chispa (así se llama el perro), no sea muy revoltoso ni arme mucho escándalo por las noches. No hemos tenido mascotas nunca y no sé, cómo van a reaccionar mis vecinos ante los ladridos o aullidos nocturnos. Además, ¡espero que no me estropee los muebles y las alfombras nuevas!

La llamada de mi hijo no sólo anunciaba la llegada de un visitante más a mi casa, sino una comida familiar un poco incómoda. Mis hijos habían pensado que podría estar bien, que ya que volvían los dos a casa por vacaciones y traían a sus parejas, que nos juntáramos todos para comer. Con ‘todos’ también se refería a mi ex-marido. Los seis, como una familia feliz. Irónico, ¿no creéis? No penséis que la llamada de mi retoño terminaba ahí. Me esperaba una sorpresa más. Su padre venía con su novia. ¡Vaya! ¡Qué sorpresa! ¿Sería aquella con la que estaba intimando aquel día en el sofá?

No lo creo. O puede que sí. No lo sé. Aquello me dejó helada. Abatida. Indignada. Ninguneada. Había pasado cierto tiempo, pero para mi, no el suficiente. Me parecía una falta de respeto, que no se hubiera dignado a hablar conmigo desde entonces. A llamarme, antes de confirmarle a mis hijos, que acudiría a la comida con su novia. Obviamente, no tenía porqué hacerlo, pero hubiera sido todo un detalle por su parte, dadas las circunstancias.

Por un momento, he estado tentada de rechazar la invitación a comer y cederle el protagonismo a él, pero no voy a darle ese gusto. Iré, simplemente por mis hijos, porque respeto que quieran ver a su padre e intenten mantener lo que queda de familia en nosotros aún unido. Yo los tendré en casa. Él, no. Por si no os habéis dado cuenta, es Jorge el que está moviendo los hilos para juntarnos. Carla, no. Carla no tiene demasiada relación con su padre. No sé exactamente porqué. Sé que algo cambió entre ellos, aquella noche, veranos atrás, en la que llegué a casa llorando y me acurruqué con ella en la cama. No sé si hice bien, pero no tenía a quién acudir. Además, no le conté nada. Algo debió averiguar ella por su cuenta. Algún día hablaré de ese día con ella. Ahora, no. No cuando venga de vacaciones. No es el momento.

Después de hablar con mi hijo Jorge, sabía que necesitaba salir de casa y quedar con alguien. Llamé a mis amigas y salimos a tomar un café. Les hablé de mi inminente viaje a Noruega, de la visita de mis hijos y del incómodo encuentro, que tendría lugar en la comida, cuando volviera a ver a mi ex, esta vez acompañado de su novia. El café de la tarde se convirtió en una noche de tapeo y cañas. Así fue como acabamos la noche, tomando unas cervezas gourmet en una cervecería nueva del centro, llena de gente moderna y con un poquito intelectual.

Mientras pedía en la barra, me fijé en un hombre de pelo canoso y gafas, que tenía al lado, pidiendo las suyas. Su perfil me resultaba familiar. Si era él, había cambiado bastante. Había envejecido bien y estaba guapo. Haría como 8 años que no lo veía. La última vez había sido en una reunión de fin de curso, cuando Carla todavía estaba en el primer ciclo de secundaria. Sí, estaba segura. Era Samuel Contreras, profesor de Lengua y Literatura, y había sido tutor de la clase de mi hija en primero y segundo de la ESO. Su profesor favorito.

No sabía si me reconocería, pero ahí que fui yo. Le toqué el brazo y solté un, ‘Samuel, ¿se acuerda usted de mi? Soy Marta Gisbert. La madre de Carla y de Jorge. Fueron alumnos suyos en secundaria’. Así empezamos a hablar, intercambiamos teléfonos y quedamos para tomar un café el próximo fin de semana. Él también se ha divorciado y quiere conocer a gente nueva. Sí, estoy emocionada, intrigada y nerviosa, cual adolescente la primera vez que queda con un chico a solas. ¡Pronto os contaré más!

Última modificación: 03/07/2017

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